viernes, 26 de agosto de 2011

Primer año de matrimonio...¿Luna de miel? Segunda entrada de octubre de 2010

Las películas, la música y los poemas poco tienen que ver con lo que ocurre en la dimensión real, íntima y cotidiana. Tras el primer año de matrimonio se esconde una falacia de la que Marx nunca nos advirtió (o tal vez sí lo hizo, no lo sé). Sin embargo, y luego de comentarlo en diferentes oportunidades y con diferentes personas, he llegado a creer que al menos una parte de la población sintió que su primer año de matrimonio no era lo que pensaba que sería...a mí me pasó y ahora sé que no fui la única.


Al momento del "sí, acepto", la cabeza está en otra parte, no estamos pensando en la envergadura de la decisión. A título personalísimo, creo que para casarse hay que tener poco o nada de conciencia de ello (lo mismo que para saltar en bungee), hay que sentir el nerviosismo y al finalizar el rito, recordar poco. Indicativo de una emoción fuerte y de algo vivido intensamente.


Luego de las celebraciones, vienen las acomodaciones y aquí el tema deja se ser tan rosa como era, aunque no por ello es terrible...es un quiebre de expectativas. La realidad aparece como un monstruo de 1000 cabezas (un tanto dramático no?) y recién nos damos cuenta que conviviremos con la maravillosa persona a quien elegimos, a la que amamos profundamente y que al mismo tiempo nos conflictúa.


Y es probable que no nos complique la persona, sino la corporización de las visiones que hombres y mujeres tenemos. A nosotras nos molestan sus calzoncillos y las toallas sin colgar, a ellos les molesta que nos demoremos una década en el baño, que podamos sentirnos al borde de un ataque de pánico por un inocente insecto...en fin, hay un choque de culturas que nos pondrá a prueba todo el tiempo.


Las mujeres incluimos en nuestro ámbito de responsabilidad a nuestras parejas, siendo esta una de los principales temas a resolver. Comenzamos a familiarizarnos con el título de Sra. (peor si de pronto somos la Sra. de...) comenzamos a hacer los primeros malabares culinarios y debemos estrenarnos en la administración doméstica. Debemos calibrar el "brujómetro" y sus alcances, ser capaces de comprender que no solo ha cambiado la vida para nosotras, sino que ha de ser raro compartir 24/7 con un ser femenino...siendo honesta, no facilitamos las cosas en muchas ocasiones. En mi caso, ajustar el nivel de brujismo fue un tema. Luego del matrimonio vinieron las inseguridades y por poco me quedo sin marido. 


En mi defensa debo decir que el matrimonio fue uno de los cambios que tuvimos que afrontar. Muchas cosas pasaron en nuestras vidas al mismo tiempo, sin embargo nadie me dijo que iba a pensar en el divorcio estando recién casada (me daba vueltas la idea por la cabeza, pero me resistía a pensarlo), que iba a sentirme extraña y sin posibilidad de comentarlo con otras personas porque supuestamente estaba de "luna de miel" y todo el mundo pensaba que seguíamos viviendo un idilio romántico. Algo un tanto alejado de la realidad.


Fue una amiga la que "me dio permiso" para pensar libremente en estas dificultades. Me contó lo complejo que había sido para ella y cómo el divorcio la había rondado en algunos momentos. Me sentí tranquila y me di cuenta que la teoría no son tonteras, sino que estuvo todo el tiempo escrito...el primer año es un momento de adaptación. El que mi amiga me confidenciara su vivencia, fue una suerte de rito iniciático a mi vida de casada, luego de eso ingresé a una dimensión en la que hablando con otras mujeres, podía indagar libremente en estos temas y encontrarme con la misma realidad. Probablemente es un producto más asociado con la modernidad y sus exigencias, con los roles que dejamos/comenzamos a ejecutar, con las expectativas que tenemos y que esperamos, mágicamente, el otro cumpla.


La buena noticia?, el primer año queda atrás y lentamente uno se acomoda y aprende a ceder, a negociar y a aceptar. Comenzamos a dejar atrás los desencuentros y elegimos mejor cuáles son las peleas que queremos dar y aprendemos a sacar la banderita blanca para evitar desgracias mayores.
Al parecer, uno encuentra la fórmula  para hacer que las cosas funcionen, a través de repetidos ensayos y errores uno aprende a decodificar a la pareja, a adelantarse, a contenerse. Aprendemos a convivir con las grandezas y pequeñeces nuestras y ajenas, nos reímos de las viejas rencillas (sólo si entendemos que no son más que eso) y de cómo pensábamos que la única solución a la relación era la no/relación.


Mucho de las historias de las relaciones tienen que ver con el primer año. Es tan fundamental que muchísimas anécdotas maritales se circunscriben a él, sin que tengamos mayor conciencia de lo que significó sobrevivir a él. El problema es que seguimos diciendo y pensando que el primer año es de "luna de miel", sin embargo se nos dibuja una sarcástica sonrisa o una mueca de compasión, como si pensáramos "ya pasé por ahí y no es fácil, pero cuéntame que todo está bien, fingiré que te creo". Sabemos lo que les espera, pero no develaremos aún el rito de pasaje al verdadero matrimonio...no al menos que alguien pregunte por él.









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